Lo que se oculta

Desde las entrañas, un rumor, algo que se mueve, quiere nacer y ver la luz del día. Desde el abismo llega una señal de vida: no todo ha muerto; algo queda para rescatar, para dar continuidad. Algo aún da señales de vida.

Una lágrima, una sonrisa involuntaria, la alegría y el miedo emergen intempestivos e incontenibles. Nada puede detener lo que es verdadero. Nada puede detener al ser en su ejercicio de ser, porque el simple hecho de intentarlo significa una traición, llevándolo al no ser, y no se puede no ser todo el tiempo. Es contra natura. Lo que viaja por cada carretera neuronal y nerviosa, por cada vena, por cada coordenada muscular es, a fin de cuentas, la vida misma. Es humanidad.

Llenar la vida de miedo debería ser considerado una falta grave. Frenar lo que se es en pro de preservar a quien no quiere recibirlo, no quiere verlo y no quiere lidiar con ello es un acto de alta traición. Por ello, resulta tan necesario amar plenamente la vida propia y preservarla, rescatarla de las garras de la indiferencia y de la ignorancia.

Aprender a caer en los brazos seguros es, por el contrario, la entrega máxima. Permitir la conexión, permitir las miradas y las caricias, permitir sonrisas y complicidades es entonces, ahí, la rendición ante la vida; aquello que Maturana decía: dejar que el otro aparezca ante mí, ante mi mirada, permitir ser y permitirme ser-con-otros, no como si escondiera un cuchillo entre las manos. Dejar de ver la amenaza antes que los hechos, permitirle a la confianza sobrevivir a pesar del pasado. Permitirme ser confiable.

El miedo puede mentir, pero la vida no, y la vida siempre prevalece. Y, sobre todo, el dejarme aparecer a mí misma frente al espejo, ser ante mí, no como acto narcisista, sino como autodescubrimiento. Desnudez total en cuerpo y alma, saber quién soy y no quién quiero ser, y mucho menos quién debo ser; compartirme así, entregarme entera a la vida, con las heridas y las penas, con las sonrisas y los besos a flor de labios. Temblando de miedo, arrojándome al vacío de vivir, sabiendo que nada es seguro y que la incertidumbre no es mi enemiga. Las lágrimas no son una sentencia de pérdida; son, más bien, una promesa de liberación.

La vida emerge violenta desde las entrañas cuando ya no puede más ser aprisionada en la trampa del deber ser, cuando no soporta el castigo injusto de callar, de esperar, de soportar. La vida siempre se abrirá paso como un temblor, como la grieta, como el síntoma, como la tormenta o la erupción del volcán. Llanto y enojo son la vida misma saliendo a flote.

Por ello, regresar al amor es, pues, importante en tiempos como los nuestros. Por antirracional que pueda parecer, por alejado que pueda estar del método científico y ante toda lógica, amar es liberar, es volver a confiar, es reconciliar la herida con el síntoma, es equilibrar.

Es llenar los espacios de oportunidades y salvar lo que se creía perdido. Volver al amor no es para nada una debilidad; es, por el contrario, el acto más heroico y valiente que cualquier ser humano podría ejecutar. Es rebeldía pura. Amar es volver a la vida, es dar dignidad al dolor, a la humillación; es permitir ver y salir a la luz todo lo que alguna vez estuvo oculto.

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